FOTO_COLUMNA_JUAN_GONZALEZ_BELTRAN_WEB.jpg
FOTO_COLUMNA_JUAN_GONZALEZ_BELTRAN_WEB.jpg

Las jornadas especiales con una mirada regional

19 / 11 / 15

La producción nunca se detiene en la minería, menos en un país como el nuestro donde su aporte es fundamental para la economía y crecimiento. Frente a este desafío las empresas del sector han comenzado a implementar sistemas especiales de trabajo por turnos para que la continuidad de sus operaciones no se vea afectada y cumplan así con su negocio y con su dueño.

Importante es saber que para aplicar un sistema de jornada de trabajo especial es necesario solicitar autorización a la Dirección del Trabajo. De hecho, el artículo 38 del Código de Trabajo establece que “el Director del Trabajo está facultado para autorizar, previo acuerdo de los trabajadores involucrados y por resolución fundada, el establecimiento de sistemas excepcionales de distribución de jornadas de trabajo y de descanso, cuando el sistema de jornada de trabajo que establece ese artículo no pudiese aplicarse, dadas las características especiales de la prestación de servicios”. Por lo demás este sistema debe renovarse cada cuatro años, con el acuerdo de los trabajadores de la empresa. ¿Se cumple realmente esta reglamentación en todos los casos?. Es una buena interrogante a responder.

El debate sobre este modelo no es nuevo, al contrario, permanentemente está sobre la mesa de trabajo de las empresas mineras. Es cosa de recordar lo que ocurrió por ejemplo en la negociación colectiva de 2012 en Chuquicamata. Los trabajadores rechazaron su aplicación argumentando que ya estaba instaurado el régimen de 5X2, y la nueva fórmula estaba más bien ligada a las faenas de campamento de la minería privada que a la pública.

Sus impulsores se defendieron y dijeron que su aplicación en la minería ayuda a mejorar la eficiencia y reducir los costos. Bajo esta misma premisa, ya son varios los centros mineros del país que están incursionando con nuevos modelos o sistemas de turnos que invitan, por ejemplo, a trabajar 12 horas durante cuatro, siete o diez días seguidos por igual día de descanso. Aquellos, exponen quienes lo aplican, reduce los traslados, los tiempos muertos y mejora la eficiencia laboral. Igualmente defienden la hipótesis que cambiando la jornada de trabajo de 8 a 12 horas están abordando sus principales focos de interés como son las oportunidades de aporte al negocio (continuidad operacional), accidentes, optimización de las áreas de apoyo, estrechez dotacional, salud y calidad de vida del trabajador. Importante sería conocer los alcances de los estudios que puedan existir sobre el tema y que respaldan la aplicación de las Jornadas Especiales de Trabajo que promueven.

Por lo demás al elegir un turno 7x7, la persona labora 7 días y descansa otros 7. Si analizamos esa jornada de manera efectiva, el minero trabaja menos de la mitad del año porque a ello se le suman los feriados. Un trabajador urbano habitualmente se desempeña en jornadas de 5x2 o 6x1, donde lógicamente debe producirse el “traslape” o cambio de turno con diferencias horarias entre el que se va y el que se integra a la tarea respectiva. ¿Dónde está la productividad entonces?.

Además, muchos de esos trabajadores, bajo el argumento de la línea ejecutiva que “no están los especialistas en la zona”, llegan a las ciudades mineras provenientes de otras zonas del país, generando un mayor costo para sus empresas, pues además de considerar los traslados deben sumar alojamiento y alimentación, cosa que con el trabajador local no ocurre. En la práctica la diferencia la marcaría sólo el tema de pasajes y pues en el caso de la alimentación, el alojamiento y la logística se debe desembolsar de igual forma los 30 días del mes. No hay que olvidar tampoco que la aplicación de una jornada de este tipo significa para el empleador un aumento en la dotación normal de entre un 10 y 20 por ciento. ¿Dónde está el ahorro entonces?.

Asimismo, estudios han comprobado que el trabajo excesivo en horas limita ingresos reales a los empleados por tiempos muertos que nunca se pagan, además de estrés, fatiga, problemas cardiacos, neurológicos y gástricos. Asimismo en ciertos casos genera adicciones, ausentismo, trastornos sicológicos y sociales como es la separación de sus familias o problemas por la ausencia del padre o la madre como proveedor del hogar.

Está claro que hoy la mirada es distinta, y quizás se deba a la modernidad del transporte público y al cambio de mentalidad competitiva que tiene el nuevo empleador o el nuevo empleado. Sin embargo sus detractores creen también que las jornadas especiales de turno están dañando un área tan importante como es la minería, pues no sólo estaría perjudicando la productividad sino también el sentido de arraigo del trabajador con la zona donde se encuentran los centros mineros pues la obligada ausencia de 7 o más días de la ciudad más que alimentar más bien lo limita, a lo que se agrega que los recursos generados en la zona tampoco quedan en ella sino en las ciudades de origen de los trabajadores.

Igualmente, el hecho que algunas empresas operen en sus actividades permanentes con trabajadores propios y de contratistas externos en lugar de trabajadores locales, trae como consecuencia un cambio brutal en las perspectivas de futuro que se pretenden construir para cualquier ciudad-minera. Por ello, la fundamentación socio-económica de las jornadas especiales en cualquier zona, es un requisito que no puede ser soslayado por las administraciones de estas empresas. Más bien debieran apegarse a la “Política de Desarrollo Sustentable” y orientaciones que señala la ISO-26000 “Responsabilidad Social”, cuya normativa plantea en sus principios la idea de que las organizaciones son responsables de rendir cuentas a la sociedad y a sus grupos de interés, no solo a sus dueños o directivos, por los impactos de sus actividades y decisiones. También son responsables por los daños que provoquen, deben reparar y prevenir de acuerdo con las peticiones. A ciencia cierta esto tampoco estaría ocurriendo.

El camino pareciera ser que los actores involucrados, es decir mandantes, contratistas, y, por supuesto, los trabajadores reflexionen objetivamente sobre el tema y tomen las decisiones conjuntas necesarias que permitan buscar las soluciones a este importante asunto laboral sin olvidar la visión regionalista y no centralista que debiera tener. Por su parte las autoridades debieran considerar también una revisión y/o actualización de las leyes vigentes, como asimismo su aplicación en la respectiva faena.

Otra buena recomendación es la apertura de un dialogo entre la empresa y autoridades sobre el tema de las Jornadas Especiales; dialogo que debiera ser una instancia donde se pueda conversar también sobre productividad, costos y efectos asociados a la medida, como igualmente de los intereses de sus administraciones, de las ciudades donde están sus centros productivos y del país, de modo tal que la política final pueda ser comprendida por todos los grupos de interés involucrados en el tema y también les favorezca en especial en cuanto a la calidad de vida que se dice buscar con este tipo de cambios.

Igualmente no solamente aportarían al desarrollo de las empresas locales y a la generación de nuevas oportunidades laborales para ellas mismas, sino que a través una nueva relación con las ciudades mineras, aprovecharía una posibilidad histórica para contribuir significativamente a su desarrollo territorial.

De esta manera, los promotores de las jornadas de trabajo se estarían haciendo cargo de los impactos sociales que está comprobado provocan sus operaciones y proyectos en las comunidades cercanas, contribuyendo así a optimizar su bienestar, fortaleciendo sus capacidades y recursos, y potenciando relaciones confiables y transparentes de mutuo beneficio. La sustentabilidad local es también parte de la Responsabilidad Social Empresarial que debe estar en su consciente productivo.

Por Juan González Beltrán, presidente regional CChC Calama.